Delia Claudia Josefina Fresone Risso

Gran legado en las aulas como en las canchas

Delia Claudia Josefina Fresone Risso

Delia nació en Don Bosco, partido de Quilmes, provincia de Buenos Aires. Criada en una familia vinculada a Don Bosco, su abuelo paterno fue uno de los fundadores, a los once años se mudó con sus padres, dejando la casa de sus abuelos. Ese cambio no fue sencillo.

Desde pequeña, practicó diversos deportes en su escuela Instituto Cultural Mancedo, en el Club Quilmes, como hockey, tenis y bowling. Jugaba al hockey en canchas de césped desde sus años escolares, lo que marcó una infancia y adolescencia tranquilas y felices. En su casa, escuchaba los ensayos musicales y disfrutaba bailar tango con su padre, una pasión que la acompaña hasta hoy, aunque ya no lo hace. En la adolescencia fue parte de un conjunto musical, folklórico en especial, llamado Las Voces de Quintupuray que le dio muchas alegrías y hermosos recuerdos; también fue parte del coro de su escuela.

Estudió arquitectura en la Universidad Nacional de La Plata, pero no terminó la carrera debido a las restricciones impuestas durante la dictadura militar. Sin embargo, su espíritu inquieto y curioso la llevó a explorar el mundo: fue becada en dos oportunidades con una beca completa para viajar por Europa. En 1975 visitó Austria, Francia, el norte de África, Israel, los países escandinavos, Alemania, etc. En un tren rumbo a Rusia, en plena Unión Soviética, conoció a una mujer de aproximadamente

80 años, de ojos celestes, que hablaba múltiples idiomas. Conserva aún hoy un pañuelo que ella le regaló. Visitó numerosas escuelas y pudo conocer de cerca los sistemas educativos y las formas de vida de distintos países. En cada destino sembró amistad y vivió experiencias inolvidables.

El 15 de julio de 1980 llegó a Río Grande, después de haber regresado de Barcelona. Se había anotado para seguir estudiando en España, y llegó a leerle en catalán a una señora con quien había forjado un gran cariño. También tramitaba en paralelo una posibilidad de viajar a Estados Unidos, donde fue finalista para una beca. Sin embargo, el destino la cruzó con una propuesta de trabajo en Tierra del Fuego, a través de una convocatoria en Casa TDF. A su madre le había gustado mucho la

provincia luego de unas vacaciones allí, y el ofrecimiento como maestra la motivó a aceptar el desafío.

En ese año 1980, una de las supervisoras de Ushuaia la llamó interesada en sumarla a la Escuela del Lago Escondido. También la contactó el Secretario de Educación, Capitán Iani. En medio de una serie de situaciones familiares intensas, Delia tuvo que tomar una decisión: dos años en Estados Unidos o unos meses en Tierra del Fuego. Eligió lo segundo pues podía posponer por unos meses la beca obtenida.

En un vuelo comercial de Aerolíneas Argentinas llegó a Río Grande en un frio día de invierno. Le fue asignada un lugar para vivir dentro de las dos gamelas para docentes con las que se contaba en esos momentos, donde hoy funciona el Ministerio de Trabajo. Nélida Juich, vicedirectora de la Escuela N° 8, fue una de sus primeras referencias. La ciudad era pequeña, cruzaban pasarelas improvisadas 2 desde la gamela hasta la casa de Nélida y se reunían a cantar o ensayar en un salón largo, junto a un grupo que la adoptó como “la nena mimada”. Comenzó su camino en la Escuela Provincial N° 8 “Gral. José de San Martín”, donde tuvo a cargo dos quintos, dos sextos y un séptimo grado. Hasta el día de hoy, exalumnos de esa época la saludan con afecto. Hizo suplencias en las Escuelas N° 7 y N° 10. En 1981 asumió como Maestra Auxiliar de Sala del Jardín de Infantes N° 1 “La Calesita Encantada”. Allí forjó una amistad entrañable con Ana María Sanmarco de Imboden, con quien mantiene un lazo de toda la vida.

En 1984 rindió junto a Mabel Novelli para titularizar posteriormente en la Escuela Provincial N° 10 “Dr. Manuel Belgrano”. Viajaron a Ushuaia y compartieron aquellos primeros tiempos con colegas como Estella Monchietti y Luly Milán. Eran días de barro, nieve y frío. Usaban botas de goma que a veces “perdían” y llevaban sus zapatos a la escuela para cambiarlos al llegar.

Durante la Guerra de Malvinas, trabajó en la Escuela Provincial N° 2 “Dr. Benjamín Zorrilla”. Eran tiempos difíciles, con horarios restringidos y toques de queda. A pesar de todo, recuerda esa época con cariño. En 1985 se trasladó a la Escuela N° 14, recién inaugurada, donde vivía cerca y obtuvo su primer cargo jerárquico como secretaria.

En 1986 se mudó a su casa actual. Un año después, se inauguró la Escuela Provincial N° 20 “Angela Loij”, aún más próxima a su hogar, y logró su traslado. Comenzó como secretaria suplente y terminó jubilándose como directora de esa institución.

Fue dos veces parte del Consejo de Educación: primero elegida por sus colegas docentes y luego designada como vocal por elección política. A lo largo de su carrera en educación conoció a muchísimas personas con las que aún mantiene contacto.

Ya jubilada, fue convocada nuevamente para participar en el ámbito del deporte, especialmente en el hockey. Fue secretaria del Río Grande Hockey Rugby Club y de la Federación de Hockey, desde donde impulsaron la expansión del deporte en toda la Patagonia. Como había sido supervisora en escuelas rurales, era conocida y respetada en toda la frontera y aduana.

Se jubiló tras una extensa trayectoria. Reconoce aciertos y errores, pero siempre trabajó pensando en su familia, en la educación y en el deporte. Siente que, a pesar de las pruebas que la vida le presentó, todo se acomodó como debía.

Los años 2008 y 2009 fueron bisagra en lo personal. El 13 de junio de 2011 se retiró definitivamente del sistema educativo. Llegó cansada, pero satisfecha. Fue la última maestra nombrada por el gobierno del ex Territorio en jubilarse. A modo de cierre simbólico, fue convocada por Nación a ser parte del equipo de capacitación nacional, que vivió como un broche de oro para su carrera.

Recuerda con afecto la tranquilidad de Río Grande en los años 80, cuando las puertas de las casas quedaban abiertas. Aunque reconoce los cambios, cree que las cosas buenas superan a las malas, y que siempre hay que buscar lo positivo. Extraña ese Río Grande donde todos se conocían, pero comprende que hay que crecer, evolucionar y adaptarse. 3

Se siente profundamente orgullosa de sus hijos y nietos, no sólo por su desempeño profesional, sino también por el legado en el Hockey, uno de sus logros más queridos. Un mensaje para las mujeres y hombres de Río Grande: adaptarse, no bajar los brazos, organizarse y disfrutar de la vida. Las anima a no quedarse encerradas, a salir, hacer, crear. A disfrutar de un amanecer, de una pintura, de las cosas sencillas, porque la vida es hermosa y vale la pena vivirla.

A esa Delia de hace veinte años le diría que hubiera aceptado solo los seis meses propuestos inicialmente. Ama viajar, conocer otras culturas y costumbres, involucrarse en la historia de cada lugar, porque eso –dice– abre la cabeza y enseña a pensar también en los demás.

A Río Grande le diría que siga creciendo como ciudad, que supere cada obstáculo, que sus habitantes aprendan a amarla y respetarla, no solo a aprovecharla. Que recuerden y honren a quienes iniciaron su progreso. Que se generen espacios de participación ciudadana, redes solidarias, cadenas de favores, donde todos puedan conocerse y sentirse orgullosos de vivir en esta tierra.

Delia se define como una mujer brava, buena, atrevida, que no tolera las injusticias, perdona, pero no olvida. Se equivocó muchas veces, pero aprendió. Es una buena persona, puede mirarse al espejo con paz, sabiendo que no le hizo daño a nadie, que tiene códigos y muchas ganas de seguir viviendo y proyectando su vida.