Elba Nimer

Trabajadora social y referente comunitaria de Río Grande

Elba Nimer

Llegó a la ciudad de Río Grande un 3 de noviembre de 1980 con una valija, un título de asistente social y la sensación de que el agua le había ganado una batalla; venía de Dolores, provincia de Buenos Aires, donde trabajaba en la municipalidad de Tordillo, en medio de una inundación feroz que había dejado familias enteras en situación de vulnerabilidad. -¿Dónde hay un lugar que no se inunde?, preguntó una tarde, agotada. La respuesta llegó casi como una broma: en una isla: Tierra del Fuego. Y Elba hizo de esa ocurrencia un destino.

Tenía 27 años cuando decidió venirse “a tentar suerte”. Un comprador de lana la conectó con gente de la estancia Cabo Peña y así apareció el nombre de Pedro López, quien la fue a buscar al aeropuerto y la ayudó a instalarse en una ciudad que todavía parecía un campamento grande. No había habitaciones disponibles. No había demasiadas certezas. Pero había trabajo.

El entonces intendente de Río Grande, Vicente Ferrer, la derivó al Hospital Regional. Allí, el doctor Olmos le preguntó si quería quedarse. Elba dijo que sí. También pidió una condición: poder viajar cada tres meses a visitar a sus padres -Yo estaba convencida de que esto era un loquero y que nadie duraba-, recuerda entre risas. Su padre murió al año siguiente y ella alcanzó a despedirse. Nunca volvió a irse.

Su primer refugio en la ciudad fue la parroquia Don Bosco. Ahí encontró el grupo juvenil, las actividades comunitarias y una manera de sentirse parte. Participó del primer pesebre viviente de Río Grande y comenzó una relación profunda con la misión salesiana que marcaría toda la década del ochenta -Llegó un momento en que iba a misa tres veces por día y dije: pará, ¿qué me está pasando?-, cuenta. Colaboraba con el padre Tito en formación de jóvenes, organizaba talleres y participaba de la Feria del Libro. Era una presencia constante en la vida social y cultural de la ciudad.

En el Hospital Regional fue la primera trabajadora social profesional. Pero en 1984 renunció porque sentía que no podía desarrollar el trabajo comunitario que buscaba. Entonces ingresó a YPF. Durante un tiempo trabajó entre Río Grande y Río Gallegos, viajando quince días a cada lugar. Hasta que en 1986 recibió un llamado que cambiaría nuevamente su rumbo: desde Ushuaia la convocaban para asumir como subsecretaria de Desarrollo Social, Recreación y Deportes del entonces Territorio Nacional. Aceptó casi por obligación moral; no podés negarte, le dijeron. Y asumió. Fue la primera profesional trabajadora social en ocupar ese cargo en Tierra del Fuego. Permaneció hasta 1988, atravesando cambios de gestión y años intensos en una provincia que todavía no era provincia. Retomando su trabajo en YPF hasta el año 1991 que se disuelve la empresa.

Pero los años noventa le trajeron otra revolución: la maternidad -Mi imagen de esa década es mi panza pegada a la mezada de la cocina- dice. Y sonríe. Tuvo tres hijos y decidió que la crianza no se negociaba. Siguió trabajando —en Educación, en el IPV, en programas de prevención y desarrollo infantil—, pero organizó su vida alrededor de ellos -Es lo que más valoro- asegura.

Desde el gabinete en las escuelas, año 1992; alli trabajó en prevención, lactancia materna, crecimiento y desarrollo infantil. Daba charlas, talleres y acompañamiento familiar. “Creo profundamente que la prevención es determinante”, sostiene. Su vocación siempre estuvo ligada al encuentro con el otro.

En 2002 dejó definitivamente el Estado. Trabajó en la Fundación Kayén junto a César Vargas, impulsando actividades culturales, talleres y espacios para jóvenes. Y dos años más tarde apareció el lugar que terminaría convirtiéndose en una extensión de sí misma: el Hogar de Ancianos San Vicente de Paul. Primero llegó como interventora. Después quedó como gerente de la institución, cargo que ocupa hasta hoy. Aunque ella prefiere otra definición: acompañante.-No somos una institución de salud. Somos una residencia de adultos mayores sanos- aclara. Allí viven hasta dieciséis residentes, en su mayoría antiguos peones rurales sin familia directa -Acá nadie viene a esperar la muerte. Acá venimos a divertirnos, a organizar eventos, a cantar, a compartir-.

El hogar funciona como una pequeña comunidad. Los viernes hay picadas. Se hacen choripaneadas, asados, talleres culturales y proyectos colectivos. De una charla sobre el caleuche nació una regata de barcos de papel en la Laguna de los Patos. De la pasión de un residente por sembrar nació el invernadero llamado "Bernardo Ñanco", donde cultivan verduras junto al INTA y al programa Pro Huerta.

Elba conoce la historia de cada uno. Sabe cuándo necesitan hablar y cuándo necesitan silencio. Sabe que algunos miran por la ventana esperando visitas que no llegan. Por eso desconfía de las solidaridades pasajeras -lo cruel no es venir una vez. Lo cruel es generar expectativas y desaparecer-, dice. Durante años vio grupos que prometían compañía y luego se borraban. Aprendió que cuidar también es poner límites.

Habla de los residentes con respeto absoluto. No se les dice “abuelos”, aclara -Son personas con historia-, explica. Y repite una idea que parece sostener toda su vida: la dignidad por encima de todo -Acompañar el declinar del adulto mayor con dignidad-, resume.

En su casa todavía guarda el documento de identidad, que acredita que el hogar San Vicente de Paul, fue su primer domicilio, cuando llegó en 1980 (ubicada alli por las autoridades del hospital). Las vueltas de la vida la trajeron nuevamente ahí. Al mismo lugar donde conoció a hombres como Segundo Arteaga o Federico Echelaine, cuando todavía no imaginaba que décadas más tarde sería quien cuidaría de otros como ellos.

En febrero del año 2026 su tarea en el hogar cerró su ciclo -los años pesan, la impronta y creatividad menguaron con los años, considerando que un lugar así necesita de la alegría como motor diario-. Hoy su vida esta atravesada por acompañar el crecimiento de las alas de sus hijos y de los jovens de la comunidad en proyectos sociales y culturales.

Elba señala que considera importante y que muchas veces pasa inadvertido es el nombre oficial de la institución. Aunque en Río Grande se la conoce habitualmente como Hogar San Vicente de Paúl, su denominación formal es “Purísima Concepción”. Según recordó, ese nombre fue propuesto por el doctor Adrián Bitsch en homenaje al navío del mismo nombre que naufragó en las costas fueguinas en el siglo XVIII, episodio vinculado a la celebración de una de las primeras misas registradas en Tierra del Fuego.

Su historia puede resumirse en que Elba es una mujer que eligió quedarse donde sentía que todavía podía ser útil.