Ariela del Carmen Saldivia
La mujer que en bote, unió a un pueblo

Ariela nació en Chiloé, en el sur de Chile, una tierra donde el mar y los botes forman parte de la vida cotidiana. Allí aprendió a remar desde muy pequeña, sin imaginar que esa destreza sería, años después, el rasgo que la convertiría en una de las pioneras más recordadas de Río Grande. Su llegada se produjo el 20 de octubre de 1960. Viajó junto a su marido, conocido como “el Pelado”, y uno de sus hijos, Eduardo, al que todos llamaban “Lalo”, que tenía apenas ocho meses de vida. En Chile quedó Guido, de tres años.
Recordó muchas veces el motivo de aquella decisión -mi papá me dijo que con dos hijos en una estancia no nos iban a tomar, nosotros estábamos buscando trabajo en una estancia en Chile, pero sólo podían recibir a un matrimonio con un hijo y nos vinimos para Río Grande. Íbamos a estar sólo dos años. Recuerda -salimos de Castro en barco, de ahí nos fuimos hasta Punta Arenas y luego a Porvenir, en la barcaza; una vez en Porvenir, emprendimos el viaje hacia Río Grande en un jeep de seis personas-.Lo que iba a ser una estadía breve se transformó en una vida entera.
El pueblo que conoció Ariela era muy distinto a lo que es la ciudad actual. Era un pueblo pequeño, con pocas construcciones y calles de tierra. Ariela comentas -nunca imaginé que ese pequeño pueblo que yo conocí, que tenía una única comisaría en calle Elcano, cerca de donde hoy está la estación de servicio y las casitas verdes, se convirtiera en una ciudad tan grande como lo es hoy; estaba el hospital, que era la décima parte de lo que es ahora, y la iglesia Don Bosco era apenas una capillita, lo único que era grande era el BIM Nº 5-.
Al llegar se instaló en la calle Fagnano, en pleno centro de la ciudad: -llegué a la isla con mi marido y uno de mis hijos, venía a estar sólo dos años y ya llevo casi setenta; cinco días después de arribar ya estaba trabajando, mi primer trabajo fue como empleada en la casa del doctor Pacheco, donde pasé dos años y medio apenas llegada a la isla-. A lo largo de su vida desempeñó múltiples oficios. Fue empleada doméstica, cocinera, mucama, operaria textil, taxista, ama de casa y trabajadora incansable. Como tantas mujeres migrantes, nunca dejó de trabajar.
Durante los años en que Ariela llegó a Río Grande todavía no existía el puente General Mosconi. El Río Grande dividía la ciudad y obligaba a quienes debían trasladarse al barrio CAP y al frigorífico a recorrer un extenso trayecto por la ruta. El recorrido terrestre implicaba alrededor de 22 kilómetros entre ida y vuelta. Muy pocos tenían automóvil y pagar un taxi resultaba costoso -todo era más difícil que ahora, no teníamos el puente como ahora. No todos tenían disponible para pagarse un taxi. Muy pocos tenían auto; eran familiares-.
Después de dejar su trabajo con la familia Pacheco, su esposo compró un bote que el médico ya no utilizaba. -Al dejar de trabajar ahí, mi marido compró un bote que el doctor no iba a utilizar más. Prefectura nos dio permiso para hacer una casillita y después otra pieza grande para prestar ese servicio- recuerda. Así nació el oficio que la haría conocida para siempre.
Ariela comenzó a trasladar vecinos y trabajadores de una orilla a otra del río. Su tarea se concentraba especialmente en los obreros del frigorífico CAP, donde trabajaban más de 1.300 personas; -tengo hermosos recuerdos de aquella época, allí trabajaban más de 1300 personas que debían cruzar por el río porque el camino por la ruta N° 3 era muy largo-.
El trabajo de Ariela era prestar una atención al público. Su jornada se dividía entre la cocina y el bote. Antes y después de trabajar como cocinera, cruzaba a quienes necesitaban llegar al CAP o regresar a sus hogares.Durante mucho tiempo, el servicio no tenía horarios fijos. Dependía del clima, del viento y de la marea -Se aprovechaba cuando había marea baja o cuando estaba lindo-. La experiencia adquirida en Chiloé fue decisiva para afrontar las exigencias del río Grande, -aprendí a remar de chica, en Chiloé aunque el bote era más chico”. En Río Grande, sin embargo, las condiciones eran más difíciles y en Río Grande nadie sabía remar, -remaba yo sola-. Recordaba que el río podía mostrarse calmo, pero también convertirse en un desafío; -el río a veces estaba lindo, pero otras veces el viento corría a 120 o 150 kilómetros por hora-.
Ariela recordó también el movimiento constante del barrio CAP -del otro lado había un hotel y llegaban los barcos de Buenos Aires, no hacía falta nada, había sobra de todo, los barcos se quedaban una semana porque traían mercadería, descargaban y volvían a cargar-. El frigorífico había generado una intensa actividad comercial y social, -el CAP puso un almacén y ahí comprábamos todo, incluso la gente del centro, porque vendía más barato-.
La construcción del puente General Mosconi modificó la dinámica de la ciudad y volvió innecesario el servicio de boteros y con el tiempo, el río dejó de ser un obstáculo, pero el recuerdo de quienes lo cruzaron remando quedó profundamente arraigado en la comunidad.

El aporte de Ariela comenzó a recibir homenajes públicos con el paso de los años. El 5 de julio de 2018, en el marco del 97º aniversario de Río Grande, el Municipio inauguró el monumento “La Botera”, emplazado frente a la Casa Municipal del barrio CAP, en Portolán 465. La escultura de madera la representa en su bote, acompañada por una niña sonriente, evocando los años en que transportó a vecinos de una orilla a la otra. Durante el acto, el entonces e intendente Gustavo Melella expresó -esta es una celebración de la historia, de nuestras raíces y un recordatorio de quienes con mucho sacrificio construyeron y siguen construyendo nuestra ciudad, con este pequeño homenaje recordamos a quienes nacieron acá y a quienes vinieron a trabajar por este lugar hermoso que es Río Grande- . Ariela agradeció -yo aprendí a hacer esto porque era necesario, y estoy contenta de haber podido contribuir en aquel momento con mi comunidad-.
En 2019, por iniciativa de los alumnos y docentes del Jardín Nº 27 “Botecito de Papel”, una plaza ubicada en calle Portolán pasó a llamarse “La Botera Ariela Saldivia”.La directora Claudia Lanari explicó en esa oportunidad -los chicos investigaron, encontraron este lugar y se cruzaron con Ariela la Botera, una antigua pobladora y trabajadora de este lugar-. Ariela expresó -no tengo palabras para agradecer a los chicos, a las docentes del jardín y a las autoridades que hicieron esto posible-.
La historia de Ariela está estrechamente ligada al barrio CAP, al antiguo frigorífico —declarado Monumento Histórico Nacional— y a la memoria de los pioneros que forjaron la ciudad.
Su tarea cotidiana ayudó a sostener la actividad de una comunidad que crecía al ritmo del trabajo y del esfuerzo de sus habitantes.
Como ella misma decía, no hizo nada extraordinario. Simplemente estuvo donde hacía falta.
En el 101º aniversario de la ciudad, Ariela dejó un mensaje cargado de afecto -yo sólo quiero que a la gente de Río Grande le vaya bien, porque todos los que vinimos a vivir acá lo hicimos para estar mejor y creo que todos compartimos ese sueño. Ese fue mi sueño cuando me vine desde Chiloé-.
Hoy, la escultura que la retrata, la plaza que lleva su nombre y el cariño de los vecinos recuerdan a esa mujer chilota que, con la fuerza de sus brazos, ayudó a unir una ciudad entera.
Ariela es una de esas mujeres cuya historia se confunde con la historia misma de Río Grande. Su nombre quedó grabado en la memoria colectiva de la ciudad no por haber buscado reconocimiento, sino por haber prestado un servicio esencial en tiempos en que el río fuera una barrera cotidiana para cientos de vecinos y trabajadores. Con un bote, ayudó a unir las dos márgenes de la ciudad mucho antes de que existiera el puente General Mosconi.
Hoy, a más de seis décadas de su llegada desde Chiloé, su figura es homenajeada con una escultura y una plaza que llevan su nombre. Pero detrás de esos reconocimientos hay una vida de sacrificio, trabajo y solidaridad.


