Abril Chodil
Una historia de identidad, lucha y derechos

Abril nació en Río Grande, provincia de Tierra del Fuego, y cuando intenta reconstruir su historia siente que debe remontarse hasta su adolescencia, aunque en realidad hay recuerdos mucho más antiguos que marcan el comienzo de su identidad.
Se crió en una familia cristiana. Sus padres, tíos y abuelos eran cristianos y había pastores dentro de su familia, un verdadero linaje de pastores. En ese contexto, cuenta, existía la expectativa de que al menos uno de cada uno de los hermanos terminara siendo pastor.
Abril creció dentro de una iglesia evangélica y en un ambiente profundamente atravesado por la religión. Pero mucho antes de llegar a la adolescencia ya había tenido un conflicto que, con el paso de los años, adquiriría otra dimensión.
Todavía iba al jardín cuando recuerda una escena junto a su mamá. Estaban en una habitación y Abril comenzó a llorar. No entendía exactamente qué le ocurría, pero podía identificar una sensación que la acompañaba desde hacía tiempo. Le dijo a su madre que no entendía por qué había nacido hombre si ella quería ser mujer.
En el jardín, recuerda, se metía a la casita de las muñecas y participaba de las actividades que hacían las nenas. Era algo que le salía naturalmente. También tenía una sensación de frustración cuando se miraba al espejo y veía su pelo corto. Esa imagen no le gustaba.
Con el tiempo comprendió que aquella incomodidad no era algo pasajero: "Yo creo que yo sí", recuerda cuando piensa en si desde niña ya sabía o intuía que era una persona trans. Para ella, había una manifestación concreta. Había algo que sentía en el cuerpo y en la cabeza, aunque en aquel momento no tuviera las palabras para explicarlo.
La incomodidad se hacía más evidente porque los estereotipos binarios estaban presentes en la escuela y en las instituciones. Todo parecía estar organizado en función de encasillar a las personas en un lugar determinado. Y cuando ella sentía que no encajaba en ninguno de esos lugares, empezaban los problemas. Cuando estaba en la primaria, en la hora de plastica, la seño les habia propuesto que dibujaran que querían ser cuando fueran grande; Abril dibujo una mariposa, y cuando llegó su turno, levanto su dibujo y dijo: ¨yo quiero ser una mariposa¨, sus compañeros se rieron, y eso fue motivo de burlas y de bullyng; de sus compañeros y de la escuela, ya que habian corrido la voz del dibujo. En ese momento no entendía mucho porque; por eso le dio mucha verguenza contarlo. Hoy interpreta que ese dibujo ya le decía sobre las transformaciones que iba a atravesar en su vida.
Su madre, atravesada por sus propias creencias religiosas, no encontró otra explicación para aquello. Abril recuerda que cuando le contaba lo que sentía, su mamá le respondía: "No, esas son cosas del diablo, hijo". Después venía la promesa de una solución religiosa: "Vamos a orar por vos y vamos a pedirle a Dios que te sane".
Abril lloraba desconsoladamente. Se sentía triste, se sentía mal y no encontraba una explicación para lo que le pasaba.
En aquel momento también recuerda haber preguntado si podía ir al psicólogo. La respuesta de sus padres fue similar. Le decían que eran cosas de su mente, que podía tratarse de "cosas del diablo" o de una mala pasada.
La adolescencia llegó y con ella comenzaron otras preguntas. Al principio, cuando era más pequeña, Abril miraba a los niños y le parecían lindos. Se fijaba en los nenes, en sus caras, en los ojos. A las nenas las podía considerar bonitas, pero su mirada se dirigía hacia los varones. A medida que crecía, esa atracción se hizo diferente. Ya no se trataba solamente de mirar una cara o unos ojos. Empezó a fijarse en otras cosas de los hombres y, especialmente durante la adolescencia, comenzó a reconocer su atracción hacia ellos. En ese momento se declaró como persona gay dentro de la iglesia. Se lo contó a sus líderes y también a un tío que era pastor y continúa siéndolo. Hasta entonces, Abril participaba activamente de la comunidad religiosa. Estaba en el grupo de coro, subía al púlpito y daba prédicas.
Después de contar que era gay, todo cambió.
La apartaron de sus actividades. Le dijeron que estaba atravesando un proceso y que no podía estar en el púlpito ni ocupar lugares considerados sagrados porque debía cumplir una determinada disciplina. La homosexualidad aparecía, dentro de ese ámbito, como una condición que la dejaba afuera. Abril quedó descartada de la iglesia.
También cambió la relación con sus amigos. Los chicos con los que se había criado dentro de la comunidad religiosa dejaron de saludarla. Ese gesto cotidiano fue suficiente para que comenzara a entender que aquel espacio ya no era su lugar.
Mientras tanto, sus padres continuaban dentro de la iglesia y seguían insistiendo. Ellos pensaban que Abril podía "curarse", que existía algún tipo de cura para la homosexualidad. Abril dejo de ir.
La escuela tampoco era un lugar sencillo. Había sufrido bullying y recuerda especialmente su paso por el CEPT. Ir a la escuela era muy estresante. Los insultos circulaban y, según recuerda, incluso su psicopedagogo, Juan Carlos, escuchaba lo que sucedía de pasillo. La institución, sin embargo, no podía o no sabía cómo intervenir. En aquel momento no existían las herramientas que hoy permiten abordar determinadas situaciones y el tema seguía siendo muy tabú.
Sus padres decidieron entonces enviarla a Chile. La idea era que cambiar de lugar podía modificar las circunstancias. Abril pasó un tiempo allí y luego regresó. La situación de fondo, sin embargo, seguía siendo la misma. No se había "curado".
Cuando cumplió 17 años comenzó a acercarse a distintos movimientos que estaban apareciendo en aquellos años. Eran tiempos en los que empezaban a hacerse visibles distintas expresiones juveniles y culturales. Para Abril, esos años coincidieron con una etapa de experimentación y de búsqueda.
Primero tuvo novias mujeres. Sus primeras relaciones sexuales fueron con mujeres. Le gustaban, pero también le gustaban los hombres. Esa contradicción comenzó a pesarle. Terminó una relación con una novia y le explicó que la quería, que la amaba, pero que sentía que estaba mintiendo. Ella lloró y le propuso que intentaran resolverlo juntas. Volvieron a intentarlo, pero apareció otro conflicto: los celos. Al principio, su pareja tenía celos de las mujeres y después empezó a tener celos de los hombres. Abril recuerda situaciones cotidianas en las que pasaba un hombre y su pareja la miraba, o pasaba una mujer y volvía a mirarla. La tensión fue creciendo hasta que finalmente se separaron. Después conoció a su primer novio gay. Fue una relación "muy, muy de adolescente".
Paralelamente, su forma de vestirse empezó a cambiar. Abril utilizaba ropa de mujer, aunque todavía la combinaba con prendas masculinas. Podía usar remeras de mujer con pantalones guerrilleros de hombre. Comenzó a usar ropa más ajustada y a maquillarse. El maquillaje también generó conflictos familiares. Su papá le preguntaba por qué se ponía tanto maquillaje o si realmente necesitaba maquillarse para salir. Ella respondía que le gustaba y que sentía que la piel se le veía bien.
Ese período sería, con el tiempo, identificado como el comienzo de su transición, aunque Abril reconoce que en aquel momento todavía existía una fuerte negación. Veía a personas trans en los medios y tenía pensamientos que hoy reconoce como prejuicios propios de aquella época. Recuerda especialmente la imagen de Florencia de la V y pensaba: "Uy, se nota que son re travestis". No entendía todavía lo que le estaba pasando y rechazaba la posibilidad de identificarse como mujer. "No, yo no voy a ser así", pensaba. Lo suyo, creía entonces, era simplemente que le gustaba determinada ropa, determinada apariencia o determinada forma de expresarse. Pero no quería ser mujer.
Mientras tanto, la vida cotidiana comenzaba a hacer cada vez más evidente la distancia entre cómo se sentía y cómo era percibida por los demás. La pasaron a la nocturna y, a medida que usaba más ropa de mujer, comenzaron los problemas incluso en los baños. Cuando entraba al baño de hombres, algunos varones se burlaban, le decían que se había confundido de baño o hacían comentarios. En los boliches la situación era todavía más incómoda. Entraba al baño de hombres y los hombres comenzaban a mirarla o a hacerle comentarios. Por eso empezó a utilizar el baño de mujeres. Allí, en cambio, podía entrar sin que nadie le dijera nada.
En esa etapa conoció a un hombre mayor que comenzó a tratarla como mujer. Abril, sin embargo, todavía se resistía. Le decía que no quería que la tratara como chica. Su apariencia era cada vez más andrógina. En la calle, las personas se quedaban mirándola y muchas veces escuchaba la misma pregunta: "¿Es hombre o mujer?". Le ocurría en el supermercado, en el cine y prácticamente en cualquier lugar.
Para intentar evitar esos comentarios comenzó a usar ropa más masculina. Pensaba que así podía quitarse de encima el prejuicio. Pero entonces aparecía otra situación. Las mujeres lesbianas comenzaron a identificarla como una mujer lesbiana y se le acercaban.
Abril se encontraba atrapada entre distintas interpretaciones que los demás hacían sobre su cuerpo. No importaba demasiado cómo se vistiera: siempre había alguien intentando ubicarla dentro de una categoría.
Con el tiempo comenzó una relación que duraría ocho años. Durante esa etapa, la necesidad de encontrar un espacio donde pudiera expresarse también la llevó a acercarse a la prostitución. Antes de llegar a ese punto, había recibido un comentario de una tía que terminaría quedándole dando vueltas en la cabeza. Su tía se encontraba en Chile. Había tenido un problema judicial en Tierra del Fuego y se había ido hacia ese país. Cuando Abril fue a visitarla, la mujer le hizo un comentario que en ese momento parecía solamente una sugerencia, pero que terminó adquiriendo otra dimensión.
Le dijo que, si fuera "mujer completa", se vería mucho más linda. Abril recuerda haberle contestado: "No, no tía, estás re loca". Sin embargo, la frase quedó dando vueltas. Para ese entonces, muchas personas ya la trataban como mujer y, dentro de ella, empezó a aparecer nuevamente aquel recuerdo de la infancia. Volvió a pensar en la sensación que había tenido de niña, en el malestar y en aquello que nunca había podido explicar.
No sabía qué significaba todo eso. No tenía información sobre la construcción de la identidad y tampoco había nadie que hablara con ella de ese proceso. En ese contexto, encontró en el cabaret uno de los pocos lugares donde podía vestirse como mujer. No podía hacerlo en su casa. Tampoco podía vestirse de esa manera en la escuela. El cabaret se convirtió entonces en un espacio donde podía ponerse una pollera y utilizar ropa más femenina, incluso ropa más vulgar, como la define ella, más expuesta. Comenzó a ir cuando todavía tenía 17 años. Para poder entrar utilizaba el documento de su tío y lo trucaba. Al principio pensaba que iba a hacer dinero, pero rápidamente descubrió que no era tan sencillo. Le pedían que hablara con los hombres, que cerrara la copa y que se relacionara con ellos. Abril se define en aquel momento como "malísima, malísima" para eso. No sabía hablar con los clientes y tenía muy poca personalidad para acercarse a alguien. Su objetivo terminó siendo otro. Se llevaba su plata, se ponía en pedo y pasaba el tiempo sintiéndose cómoda con su cuerpo y con la ropa que podía usar allí. Fue en ese contexto que conoció a quien se convertiría en su pareja durante ocho años. La relación comenzó mientras Abril continuaba vinculada a ese ambiente. Su mamá había llegado a denunciar ante la Policía que había una persona menor de edad trabajando en el cabaret. Un día, el dueño le comunicó que no podía volver porque alguien los estaba denunciando. Después Abril supo que había sido su madre. La relación con aquel hombre se consolidó y durante años él también comenzó a plantearle la posibilidad de que se operara. Le preguntaba si quería hacerse una cirugía, si quería intentarlo. Abril le respondía que sí quería ser mujer, pero tenía miedo de no alcanzar la imagen que deseaba.
Recuerda especialmente el momento en que se miraba y todavía tenía mucho vello corporal. La depilación definitiva no era algo accesible para ella y tampoco tenía los recursos económicos suficientes. Su preocupación estaba atravesada por una idea concreta: "Si quiero ser mujer, yo quiero ser una mujer súper linda, no quiero ser un cachivache".
Probó entonces con tratamientos hormonales. Consultó a una endocrinóloga, aunque en aquel momento había poca información disponible sobre qué hormonas tomar y cómo llevar adelante un tratamiento de ese tipo. Tomó un antiandrógeno genérico y anticonceptivas. El tratamiento produjo cambios físicos, pero también un fuerte desequilibrio hormonal.
Abril recuerda que lloraba constantemente. Su cuerpo dejó de responder sexualmente a los estímulos y comenzó a experimentar cambios en los pechos y las caderas. También se encontraba permanentemente de mal humor. Una discusión podía terminar en llanto. Una noticia triste podía hacerla llorar. Sentía que todo la afectaba de una manera desproporcionada. Después de unos meses decidió abandonar el tratamiento.

Continuó ejerciendo la prostitución de manera escondida mientras estaba en pareja. Pero esa actividad tampoco le resultaba sencilla porque los hombres que se acercaban a ella lo hacían buscando una imagen femenina y, muchas veces, pretendían que ella asumiera un rol masculino.
A los 20 años, la situación dio otro giro. Abril comenzó a vincularse cada vez más con su pareja y había una especie de acuerdo de fidelidad que, en realidad, no existía. Se mentían para poder seguir juntos y compartir más tiempo. Hasta que un día encontró una conversación y fotografías de una chica trans. Era una mujer que Abril consideraba muy linda. La reacción fue inmediata. Era una persona muy celosa y comenzó a preguntarle a su pareja qué había sucedido. Quería saber si él se había quedado pagando, si aquello era lo que realmente le gustaba. Él terminó reconociendo que había pagado dos veces por estar con ella. Abril quedó devastada. No era solamente el hecho de que su pareja hubiera estado con otra persona. Lo que le dolía era la imagen que tenía de esa mujer y lo que esa imagen significaba para ella misma. "Esto es lo que le gusta a los hombres", pensaba.
La comparación con aquella mujer trans terminó convirtiéndose en una comparación con su propio cuerpo. Abril se sentía incompleta. Se miraba y pensaba que no tenía los atributos que, según creía, atraían a los hombres. Todos los días, cuando su pareja se iba a trabajar, ella se quedaba mirando las fotografías. Las observaba y lloraba. Al día siguiente volvía a hacerlo. Era, según sus propias palabras, "un masoquista".
La tristeza fue transformándose en enojo y después en un plan. Su mente, recuerda, se había convertido en su peor versión. "Le voy a sacar todo, me voy a pagar todas las cirugías, tengo que hacer la trava más linda y después chao", pensó. Ese era su plan. Se lo dijo directamente a su pareja. Le explicó que se sentía fea, que ahora se sentía mujer pero incompleta, que no tenía tetas, que no tenía culo y que sentía que no tenía nada de lo que a él le gustaba. Le planteó entonces una condición: si quería seguir con ella, tendría que pagarle las cirugías. Él le recordó que cuando la había conocido ya le había propuesto que se operara. Pero en ese momento no tenían dinero. Abril no aceptó esa respuesta. Le dijo que si no iba a pagarle las cirugías, entonces debía irse. No podía seguir viviendo de esa manera, torturándose todos los días. Sentía que no era justo para ella ni para él. Él le dijo que la amaba y que no quería irse. Entonces Abril insistió: si no quería irse de la casa, tendría que pagarle las cirugías. Para ella, era la única solución que encontraba para poder sentirse tranquila. Finalmente, se operó a los 20 años y se colocó implantes mamarios.
Para entonces ya había comenzado a asumirse como Abril. El paso siguiente fue iniciar el trámite para cambiar su DNI. Su imagen ya era muy diferente de la que figuraba en el documento y buscó asesoramiento legal. Se contactó con el abogado Maximiliano Paladino y le explicó que quería realizar un cambio registral de nombre. En aquel momento todavía no existía la Ley de Identidad de Género. El proceso judicial fue largo y complejo. Le pedían acreditar su identidad, presentar documentación, reunir testigos y atravesar evaluaciones. Tuvo que demostrar que vivía de esa manera y que su identidad femenina no era una decisión circunstancial. También tuvo que acreditar los tratamientos hormonales. El juzgado contemplaba incluso la posibilidad de que pudiera arrepentirse en el futuro y quisiera revertir el cambio registral. Abril recuerda aquel proceso como algo muy tedioso. Tuvo que buscar información y testigos que pudieran acreditar su identidad. Incluso tuvo que atravesar una evaluación con un psicólogo forense, responder preguntas y realizar dibujos.
Toda su historia quedó plasmada en un expediente: la iglesia, su madre, los conflictos familiares, la adolescencia, la forma en que había vivido y la manera en que había llegado hasta ese momento. Finalmente, obtuvo un dictamen favorable. El fallo también fue a su favor.
Abril se convirtió en una de las primeras personas en Argentina en obtener un cambio registral de nombre antes de la sanción de la Ley de Identidad de Género.
Sin embargo, el reconocimiento llegó acompañado de un costo económico importante. Poco después de que obtuvo su fallo, se sancionó la Ley de Identidad de Género. La nueva normativa hizo que el proceso que Abril había atravesado judicialmente dejara de ser necesario para otras personas.
Ella, en cambio, tuvo que pagar las costas del juicio y el costo de sus documentos. "Muy caro, muy caro me salió el chiste", recuerda. Mientras tanto, continuó con su vida.
Había terminado el secundario en 2010 y pensaba que, con su DNI y todos los pasos que había dado, finalmente podría conseguir un trabajo formal.
Comenzó a enviar currículums a fábricas y a presentarse a entrevistas como Abril. Pero nuevamente aparecieron los prejuicios. A veces dejaba un currículum y, al salir del lugar, veía desde una ventana cómo las personas miraban el papel o se codeaban entre ellas. En las fábricas también sentía que la observaban permanentemente. Entraba a un grupo y sentía que todas las miradas terminaban concentrándose en ella. El acceso al trabajo formal seguía siendo difícil. Al mismo tiempo, Abril continuaba vinculada a la prostitución. Era algo que hacía escondida, incluso mientras intentaba construir una vida laboral diferente.
Reconoce que, después de haber vivido determinadas experiencias desde muy joven, su relación con la sexualidad y con el dinero había quedado profundamente condicionada. Llegó un momento en que no podía tener relaciones sexuales ni excitarse sin tener dinero sobre la mesa: "Me chipié de tan pendeja", explica al recordar aquella etapa.
También relaciona esa percepción con lo que había visto en la televisión y con los mensajes que recibía de la sociedad. Para ella, todo parecía reforzar una idea: si era una mujer trans, la prostitución aparecía como una de las pocas opciones posibles. A eso se sumaban los comentarios de su propia familia y los consejos que había recibido.
En ese contexto comenzó a surgir otra posibilidad: el cupo laboral para personas trans dentro del municipio. La propuesta apareció a partir de conversaciones con representantes del Concejo Deliberante. Abril y otras compañeras fueron convocadas para analizar la posibilidad de acceder a un trabajo municipal mediante un cupo laboral. En aquel momento eran pocas y se organizaron entre ellas. Todas atravesaban situaciones similares y comenzaron a trabajar juntas para conseguir una respuesta institucional. Finalmente, se aprobó el cupo laboral trans.
Abril creyó que el paso siguiente sería acceder efectivamente a un trabajo. Pero el trabajo nunca llegó. Durante ese período mantuvieron un contacto fluido con representantes del municipio. Abril recuerda especialmente las conversaciones que mantuvo con Analia Cubino y con otras personas vinculadas a la implementación de la propuesta. En una oportunidad fue llevada a hablar con Cubino. Se sentaron las tres y hablaron sobre la posibilidad de acceder a un plan mientras se concretaba el cupo.
Abril sostiene que, con el tiempo, comenzaron a aparecer las falencias de aquella normativa. El cupo permitía diferentes modalidades de contratación, entre ellas contratos de locación, contratos temporarios o la posibilidad de ser monotributista. Para Abril, ese esquema no garantizaba una verdadera inclusión laboral. La estabilidad laboral era uno de los principales puntos que reclamaban modificar. Por eso, con el paso de los años, comenzaron a pedir una reforma de la ordenanza. La intención era que el proyecto pasara por la comisión correspondiente y que las propias trabajadoras pudieran aportar los puntos necesarios para que el cupo se transformara en una política de inclusión real. Para Abril, mantener contratos precarios significaba una solución temporal: "Es como pan para hoy y hambre para mañana". También reconoce que existe una burocracia institucional y que no todo depende de una sola persona. Sin embargo, considera que hay decisiones políticas que deben tomarse.
La expectativa, explica, es que ese primer paso permita que las personas trans puedan ingresar de manera efectiva tanto al municipio como al Gobierno provincial y acceder a una estabilidad laboral que hasta entonces les había sido negada.
Durante años, Abril y sus compañeras esperaron: "Nosotros nunca fuimos quilomberas, nunca hicimos ningún quilombo", sostiene. Pero el tiempo pasó y la espera comenzó a convertirse en una fuente de tristeza. Una de sus mayores decepciones fue que, aun teniendo un intendente gay, no se hubiera logrado incorporar a ninguna de las personas trans que reclamaban ese espacio.
Para Abril, aquello abrió nuevas preguntas sobre las posibilidades de representación y acompañamiento dentro de la propia comunidad LGBT. También observa el peso político que puede tener la relación con las iglesias y con determinados sectores de la sociedad. Considera que impulsar un cupo para personas trans puede ser leído políticamente y tener consecuencias en términos electorales.
A pesar de eso, mantiene una expectativa vinculada a la creación de una Secretaría de la Mujer, Género y Diversidad.
Para ella, la existencia de esa estructura institucional debería traducirse en acciones concretas. Si existe una secretaría destinada a trabajar con mujeres, género y diversidad, entiende que las personas trans también deben estar contempladas.
Abril recuerda incluso haber participado de una mesa con el centro de estudiantes de la universidad, a la que llegó, según cuenta, "a infiltrarme". Fue allí donde planteó directamente sus reclamos. Sentía que alguien tenía que decirlo y decidió hacerlo. Después de aquella instancia, continuaron trabajando y conversando.
Con el tiempo, también hubo algunos avances. Una de sus compañeras, que tenía un título de enfermera técnica, logró incorporarse a trabajar en el área de enfermería. Para Abril, aunque se tratara solamente de un contrato, significó al menos una señal de acompañamiento.
Después de tantos años de espera, aquel paso representaba algo concreto: una persona de la comunidad trans que podía acceder a un trabajo y poner en práctica una formación que había conseguido.
Abril continúa esperando que ese tipo de oportunidades puedan convertirse en una política sostenida, con estabilidad y con una inclusión laboral que no dependa de contratos temporarios ni de situaciones excepcionales.
Actualmente, Abril desarrolla su actividad como trabajadora no docente de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, donde se desempeña en el área de Bienestar Universitario tras su incorporación mediante el Cupo Laboral Trans. También es referente de la Red Diversa Positiva Tierra del Fuego, desde donde trabaja por la visibilidad, la inclusión laboral y el acceso a derechos de la comunidad travesti-trans. Además, participa en espacios vinculados con género y diversidad dentro de la UNTDF, especialmente en acciones de prevención de las violencias y promoción de derechos. Su trayectoria como activista también la llevó a participar en producciones audiovisuales, podcasts y programas de radio vinculados con la diversidad sexual y de género.
A su yo del pasado, Abril responde que le diría: "Toma coraje, toma valor, te va a tocar vivir algo especial". Aunque afirma que ha sido feo, asegura tener las herramientas gracias a las cosas lindas y feas que vivió, lo que cambiaría el paradigma de muchas realidades sociales. No piensa en cambiar nada del pasado a modo de advertencia; sabe que va a ser difícil pero que lo va a lograr. Finalmente, expresa que se diría tener más empoderamiento, empezar la transición antes y poder decírselo a sus padres.
Abril responde con total certeza: le da orgullo haber llegado al trabajo que siempre soñó y haber creído firmemente que lo iba a tener. Recuerda cómo experimentaba e imaginaba esa meta; siempre, al caminar por las veredas y pasar frente a distintos empleos, se visualizaba en un lugar mejor, en vez de la prostitución. Su orgullo radica en haber sostenido esa visión hasta hacerla realidad.
Le gustaría que la recuerden, como una persona que luchó por los derechos de otras personas para que no vivan lo que ella vivió. Desea ser recordada por defender a su comunidad con la amabilidad y la calidez que la caracterizan. Se define a sí misma como una persona valiente y con mucho coraje, que se mostró siempre genuina y, según sus propias palabras entre risas, "como una maldita perra". Se describe como una mujer activa, llena de sueños y deseos, cuyo máximo objetivo a futuro es llegar a ser docente universitaria.
El mensaje que le daría a las mujeres de Río Grande, Abril responde con firmeza que no están solas, porque siempre tienen a una compañera al lado y hay un movimiento que las acompaña. Su llamado es contundente: no permitir que los hombres ni la gente las avasallen, y no callar más. Para ella, es fundamental tener convicciones, ser buena persona y buscar la buena calidad humana desde adentro, bajo la premisa de que lo que uno da, lo recibe; si das bien, suceden cosas buenas. Finalmente, sostiene que las mujeres no deben ser sumisas, sino ser guerreras, plantarse y buscar aliadas.
A Río Grande le pediría; ser empáticos, no discriminar y no reírse, ya que detrás de un chiste hay una persona que puede estar triste. Construir una ciudad mejor y una sociedad inclusiva desde el respeto por el otro. Por otra parte, al responder qué le diría a una persona que quiere iniciar su transición, les pide que sean valientes, que busquen psicólogos, que hablen con sus papás y que entiendan que la familia es la base de la construcción de la identidad. Aconseja que no tengan vergüenza y que busquen siempre el acompañamiento de activistas o comunidades, asegurando que los padres siempre van a acompañar. Asimismo, señala que las familias deben prestar atención cuando los hijos hacen preguntas, porque si no son respondidas, ahí quedan. Finalmente, advierte que las transiciones no son fáciles debido a cuestiones económicas y a que todavía se niegan derechos por culpa de la burocracia.


